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Más cadáveres sanguinolentos

Estamos enfermos. Somos adictos a los cadáveres exquisitos. Eso parece, porque por petición general decidimos volver a reírnos un poco con las inesperadas historias que construimos medio a ciegas medio a carcajadas.
En fin. Helos aquí:
Primer cadáver:

El cuerpo cayó por la ventana, evidenciando que le había matado.
Pues toda su piel estaba levantada y una expresión de terror permanecía en su rostro.
No había tenido intención de matarle l principo, a él ni a los otros, al resto de la gente del tren. Pero habían visto su crimen; y no podía dejarlos con vida.
Ahora tenía que huir y rápido, antes de que alguien más lo descubriera.
Sin embargo, ni siquiera tuvo tiempo para darse la vuelta antes de que todo explotase.
Y se le saltó el confeti a los ojos con tal fuerza que se los arrancó.
Para no seguir sintiendo esa sensación tan horrible.
Ya está. Me cortaré las venas y se acabará todo. Se- acabó...
Bueno, antes... creo que acabaré la pizza de champiñones.

Segundo cadáver:

Cuando terminó el cuadro, lo cubrió con una tela.
La tela erea blanca, de seda, comprada en Marruecos. La había comprado en uno de sus viajes a muy buen precio.
La verdad es que antes no comprendía del todo por qué se la había vendido aquel viejo mercader tan barata, pero ahora comprendía que debía de ser por el hechizo.
O quizá tan sólo quisiera deshacerse de ella. Pero no quería pensar en ello, que la idea del hechizo era menos inquietante.
Tardó mucho tiempo en llegar a una conclusión. Finalmente, se marchó con paso decidido.
Pero no le sirvió de mucho porque era paralítico y no podía andar.
Que desgraciado, exclamó. Cuando pille al tío que me cortó la médula espinal mientras dormía para matarme.
Le enviaré en una caja con las extremidades cortada hacia su casa, le enseñaré lo que es bueno.

Como se puede ver, el humor negro es el favorito en este grupo.
Aunque sospecho que lo es en todos.

Cadáveres exquisitos


¡Surrealismo!
Si algo se puede asegurar de los surrealistas es que sabían cómo pasárselo bien.
¡Libertad, rabia, desmadre, juego, imaginación!
Uno de los juegos favoritos de los surrealistas fue el de Cadáveres exquisitos. Los surrealistas intentaban crear con espontaneidad absoluta. Freud ya había revolucionado la Historia al descubrir que, de nosotros, sólo conocemos la parte más superficial y que, abajo, siempre abajo, se mueve un magma de vivencias inconscientes que, sin que lo sepamos, determinan nuestra conducta y nuestra existencia. Los surrealistas creyeron -creen; creemos- que en el subconsciente hay un yacimiento de creatividad y belleza que es un placer explorar.

En el taller jugamos a Cadáveres exquisitos. El sistema es que el primer escritor o escritora escribe un verso o línea. El siguiente continúa, pero el tercero sólo puede leer el segundo verso, y la cuarta el tercero y así sucesivamente.

Estos dos cadáveres son los mejores y con los que más nos reímos. Porque las risas eran incontenibles y crecientes, seriamente os lo digo.

Cadáver ganador:

Había un chico rubio y uno moreno.
Los dos eran muy guapos.
Altos, confiados, pero también unos cretinos.
Unos sanguinarios e hipócritas asesinos.
Aquellos que ya se habían cobrado las vidas de inocentes. Los campos franceses habían sido regados con la sangre de los revolucionarios. Tan jóvenes todos, pero habían muerto por traer cambios, por sus compañeros y por sus ideas.
Los belgas habían arrasado todo. Sólo quedaban los cuerpos franceses y su sangre regando el campo.
Quién lo iba a decir.

Accésit:

La luna me derribó en el camino.
Al menos así me sentí yo, como cayendo.
Caía al poco de mi propio vicio y penuria.
Desolación, sentimiento de tristeza y rabia.
Y un pensamiento de derrota recorría mi cabeza entonces.
La impotencia era sobrecogedora, ya no había nada que hacer, nada que lo pudiera remediar.
La hora había llegado ya no había vuelta atrás.
Porque, una vez que se escapa, la oportunidad no vuelve más.

Y otro más:

Por no atropellar al perro, choqué contra la farola. Una mujer muy alta gritó.
Yo sentía un fuerte dolor en la cabeza, en parte por el golpe, pero también por el chillido.
Ese sonido que seguía resonando en mis oídos, retumbando en mi cabeza, que ya no sentía el golpe, sólo retenía el eco.
Ese sonido ensordecedor que me bloquea los oídos y la mente. 
¿Por qué? Me pregunto, pero no se me ocurren las palabras. al girarme, de pronto el cadáver ya no estaba ahí, pero las manchas en la alfombra seguían ahí. 
Al girarme de nuevo estaba en la ventana de la cocina sentado en el bordillo con la mano encima de tu planta. 
Horror: el perro en la moqueta y yo a punto de suicidarme. ¿Estaba loco?

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